Lección de Filosofía

 

EL PODER DE LA MENTE

(Carta de la Sra. Augusta Foss- Heindel de junio de 1931)

 

        El estudio de la filosofía revela que, en lo que concierne al organismo físico, el mismo plan general se ha seguido, tanto en la construcción de la forma animal, como en la del hombre, incluida la formación del cerebro. Si esto es cierto, entonces ¿por qué el hombre es capaz de pensar y razonar en tanto que el animal obra por obediencia a lo que se denomina el “instinto ciego”?

        Es verdad que el cerebro humano está mucho más desarrollado que el animal, pero el cerebro animal contiene cierta cantidad de materia gris que, según los fisiólogos, es la agencia por la que se produce el pensamiento. Teniendo, pues, materia gris el animal, ¿por qué no expresa pensamiento y razón hasta cierto punto, por lo menos? Muchas y variadas han sido las hipótesis presentadas por el científico materialista para dilucidar este misterio aparentemente inexplicable pero, hasta la fecha, no se ha encontrado ninguna solución lógica a tan desconcertante enigma.

        Sin embargo, para el científico ocultista, la explicación es sumamente fácil. Él sabe que el universo entero está construido de acuerdo con un determinado plan divino, y que todos sus procesos de crecimiento y desarrollo están bajo la dirección de seres inteligentes que trabajan con sistemática precisión en la preparación de las condiciones necesarias para producir los resultados apetecidos. Antes de que fuera usado el cerebro por el Ego como un instrumento para la consecución de conocimientos, fue necesario que alcanzara cierto grado de eficiencia. Cuando esto se logró, algunos de nuestra oleada de vida, grandes seres que, en la terminología rosacruz se conocen como los Señores de la Mente, irradiaron de sus cuerpos, hacia nuestro interior, el núcleo del material con el que ahora estamos empeñados en confeccionar una mente abstracta. Este germen de la mente se ha desarrollado hasta que, en nuestros tiempos, interpenetra la cabeza y los hombros de toda persona, y la rodea con un velo de sustancia mental o de pensamiento concreto. Con el tiempo, este velo se desarrollará hasta formar un vehículo, dentro del que el Ego podrá actuar como ahora lo hace en el cuerpo físico.

        El cerebro no piensa. Sencillamente, es el instrumento por medio del que el Ego enfoca su conciencia sobre el plano físico por medio de la mente. El Ego es pensador y fue capaz de producir pensamiento antes de tener cerebro ni germen de la mente. Pero, hasta que no tuvo una mente propia, no fue capaz de pensar de manera independiente y reconocerse como un ser único y distinto de todos los demás. Cuando la mente se haya perfeccionado tanto que pueda usarse como vehículo en el que actúe el Ego, cada parte de él vibrará con pensamiento radiante y creador y entonces será posible irradiar de ese cuerpo de pensamiento gérmenes de sustancia-pensamiento que podrán ser usados por miembros de una oleada de vida menos evolucionada, para alcanzar el poder de la conciencia individual.

        Los animales no poseen ese germen de la mente y, por tanto, no son capaces de pensar de manera independiente. Sin embargo, ya llegará el tiempo en que también posean el germen de la mente. Actualmente, los animales son dirigidos y guiados en sus actividades por el Espíritu Grupo, que los domina por medio del tercer tramo del cordón plateado, Todos los animales pertenecientes a una misma especie son dirigidos por el mismo Espíritu Grupo y a ello se debe el que, en iguales circunstancias, todos los animales de la misma especie reaccionen del mismo modo a los mismos estímulos.

        El desarrollo de la mente individual es la obra particular que debe desempeñar el Ego en el tiempo presente, porque la razón es el único medio por el que el Espíritu, el “yo soy” puede alcanzar conocimientos por medio de la experiencia y, así, trocar sus latentes potencialidades en poderes dinámicos, listos para su uso en cualquier momento, bajo el dominio directo de la voluntad.

        La sustancia mental es el material que usa el Espíritu para hacer concretas las ideas abstractas, dándoles tal forma y sustancia que el pensador las pueda emplear como imágenes mentales para producir creaciones materiales y tangibles que revelen si sus conceptos fueron formados de manera tal que puedan ser de uso práctico. El modelo mental de la idea y, aún, la idea misma, necesita, de vez en cuando, algún reajuste, antes de que la imagen material se haya perfeccionado. Pero cada esfuerzo del Espíritu resulta ser una valiosa experiencia y una acumulación de nuevos conocimientos.

        Cuando se nos otorgó el primer germen de la mente, el Ego era sumamente débil, en tanto que el cuerpo de deseos era fuerte. La mente recién nacida se unió al cuerpo de deseos y así se mezcló con el deseo y se alió con la egoísta naturaleza inferior, de tal modo que, inmediatamente, le fue difícil al Espíritu dominar su cuerpo. A esta circunstancia se debe el que la mente, que debería ser el aliado natural y voluntario del Espíritu, esté enemistada con él y en connivencia con la naturaleza inferior. Está la mente, pues, esclavizada por el deseo. En su esfuerzo por dominar al cuerpo de deseos e imponerse a la mente, el Espíritu se ha fortalecido grandemente y ahora se está librando una gran batalla entre el Espíritu y el cuerpo de deseos por lograr el dominio de la mente. Es la batalla de Armagedón, que se está peleando dentro del alma de todo ser humano. Y todo el futuro del Ego depende de su resultado. El éxito del Espíritu significa progreso, crecimiento, conversión de las potencialidades latentes del Ego en poderes divinos. El éxito de la naturaleza inferior significa retraso, retroceso y, a fin de cuentas, disolución de los vehículos del espíritu. Precisamente a esa situación se refería Pablo cuando dijo que el impulso carnal trae la muerte, en tanto que el impulso espiritual trae la vida y la paz.

        Si la mayoría de la gente estuviera sin esperanza bajo el dominio de la naturaleza inferior, la Humanidad no peligraría solamente como individuos, sino que sería posible que destruyera el planeta en el que estamos evolucionando. En el séptimo estrato de la Tierra, las agencias que reconocemos como Leyes de la Naturaleza, residen como fuerzas peligrosas. Cuando progresa la moralidad de la gente, estas fuerzas mejoran en su comportamiento pero, cualquier flaqueza en la moral tiende a desatarlas, y hacerlas causar serios trastornos en el mundo. En cambio, el empeño en alcanzar altos ideales hace a estas fuerzas menos hostiles al hombre. Las fuerzas de ese estrato terrestre son los agentes generales de la justicia distributiva. Son las que ocasionan las inundaciones, las tormentas destructoras, los volcanes y terremotos. Y también la formación benéfica de aceite, carbón, minerales, etc., que van a enriquecer a ciertas personas según sus merecimientos. A la luz de lo que acabamos de decir, es cosa que asombra el saber que durante los últimos cuatro meses, se han producido más de cuarenta y tres terremotos, y que los volcanes están activándose de nuevo.

        Sabiendo que estas cosas son verdaderas, la pregunta siguiente se formula de manera natural: ¿Por qué permitimos que nuestro cuerpo de deseos nos gobierne, arrastrándonos hacia la completa destrucción? ¿Por qué no lo dominamos y brindamos así al Espíritu su completo dominio? La verdad es que las grandes masas de la gente ignoran el hecho de que están siendo gobernadas por sus deseos; y, además no sienten ningún anhelo por aprender estas verdades. Su principal propósito en la vida consiste en empeñarse en gratificar su pasión dominante, que no mencionan; y, para hacerlo, compran ropas finas, automóviles, casas, tierras, acumulan caudales, buscan experiencias sensacionales y corren locamente de un lugar a otro en busca siempre, sin hallarlo nunca, de lo que les brindará la felicidad que tanto ansían. Y su mente, que está tan perfectamente aliada con sus emociones dominantes, está ocupada, casi exclusivamente, con las actividades que esperan les produzcan el bien apetecido. Los amigos, el hogar, la posición, el respeto, el poder, todo, a menudo, se sacrifica a fin de dar rienda suelta al monstruo dominante de alguna pasión, como la bebida, las drogas heroicas, etc. que, paulatina pero indefectiblemente, llevan a la completa destrucción.

        Si nos empeñamos en mostrar la razón a las masas de nuestros días, si queremos enseñarles la grandeza de su necedad, ¿cuál es la respuesta que recibiremos? “oh, deje de predicarnos! ¿Qué importa lo que suceda mañana? Yo busco experiencias sensacionales, he de pasar el tiempo divertido, quiero conocer la vida.” Y la vida, para ellos, significa satisfacer sus bajos impulsos. Y así la necia búsqueda continúa y la efímera quimera está siempre a poca distancia pero nunca se alcanza. En nuestros días, la tristeza, la enfermedad o la desgracia agobiadora parecen ser la única manera de frenar esta demanda desmedida de concupiscencia de la carne. Así, por lo menos, se le da al Espíritu la oportunidad para lograr el suficiente dominio de la mente y obligarla a hacer caso de la razón.

        Amigo, ¿se ha empeñado usted, de verdad, en dominar su mente, en mantenerla fija y enfocada en un punto determinado durante cierto tiempo? Si lo ha hecho, comprenderá la tarea que tiene ante sí cuando se empeña en frenar a este miembro rebelde y sujetarlo bajo el dominio del espíritu. A veces, parece que la tarea es imposible. Sin embargo, es bien factible. Pero se logra sólo por la fuerza de voluntad y el esfuerzo continuo. Nada hay que perder y mucho se puede ganar.

        Con esto queremos decir que se puede lograr el cumplimiento del propósito de la vida, que es el desarrollo de una mente obediente y creadora, una voluntad independiente, una despierta conciencia de sí mismo y el poder espiritual: la consecución de la divinidad. ¿No vale la pena?

        Las condiciones en las que existimos y el mundo en que vivimos son todo lo buenos que, colectivamente, los hemos hecho. Si no nos gusta lo que hemos creado, la situación no es irremediable. Como individuos, podemos cambiar nuestra manera de vivir y, con el tiempo, cuando merezcamos el galardón, automáticamente, se nos sacará de nuestro presente medio ambiente. No olvidemos que todas las cosas obran conjuntamente para el bien y que, a fin de cuentas, la justicia vencerá sobre el mal. Pero nosotros, como individuos, tenemos la posibilidad de continuar haciendo el mal, hasta que la enfermedad y la aflicción nos obliguen a obrar con rectitud o, por el contrario, aliarnos consciente y continuamente con la justicia y, así, no sólo ayudarnos a nosotros mismos, sino convertirnos en radiantes ejemplos que alumbrarán el sendero para otros que anden en busca de la verdad. Los mejores sermones del mundo no se predican siempre por medio de la palabra. El poner en práctica lo que se comprende que es justo es más convincente y mucho más trascendental en sus efectos, de lo que pueda serlo la oratoria del púlpito.

        Durante el mes venidero, examinémonos diariamente con el propósito de descubrir si nuestras acciones van impulsadas por nuestros deseos o por el Ser Superior, el omisciente Espíritu.

 

 

BOLETÍN 46 & 47